jueves, 13 de agosto de 2009

Where are you from ??


Ya saben que me gusta provocar el cruce de culturas. Me encanta cuando pones a dos culturas en una situación cotidiana y puedes presenciar los resultados de la experiencia.

Este contacto en un circuito turístico provoca las primeras sorpresas y en algunos casos los primeros pequeños choques culturales que no llegan a ser traumáticos para el que los sufre, porque se encuentra en un estado positivo, completamente permeable y abierto a lo inesperado. El humor se transforma en el mediador que negocia en buena forma este cruce, traduciendo todo a una gran experiencia multicultural.

En mi caso, mis pasajeros deben adecuarse a nuestras “muy particulares” formas y modos en que hacemos las cosas y enfrentamos nuestro cotidiano. Gran parte de mis recorridos por Valparaíso los hacemos caminando y vivenciando la ciudad y ello te somete a no ser un simple observador, sino que, a participar y a mezclarte y, más temprano que tarde, algo sin duda alguna sorprenderá tanto a unos como a otros. El choque cultural es una constante de los circuitos “in side” y es el momento en que puedes detectar que pequeñas cosas se pueden transformar en un gran evento o en algún efecto vertiginoso.

Todo puede volverse una atracción turística o un cruce cultural y esa es la parte más interesante. Para nosotros, por ejemplo, es normal, y no nos cuestionamos la velocidad en que se suele conducir en el transporte público. Es más, mientras más rápido mejor y todos andamos en una vorágine de velocidad, de frenadas, de esquive, etc. Por suerte aún respetamos los pasos de peatones. Cómo sea, esa es nuestra forma, así lo hacemos, bien o mal es como somos.

La Avenida España es pista de carreras para nuestros chóferes de micros. No me había dado nunca cuenta de lo que podría suceder si subía a un grupo de más de 15 pasajeros extranjeros a un bus de la ciudad, considerando que en sus ciudades la velocidad máxima dentro de los cascos urbanos es de 50 km. por hora. En Chile también lo es, solo que nadie toma cuenta de este detalle. Cuando el bus parte, inmediatamente se agarran de los pasamanos y comienzan las risas nerviosas y las miradas entre ellos. Una vez un alemán me dijo al bajarse del bus. Este quién es??? (por el chofer) Schummacher???

Justamente una de mis mejores experiencias en un bus público sucedió en el famoso bus “O”, ahora bus 612. Una situación en que el humor apareció suavizando un momento, sino del todo incomodo, digamos que un poco inusual para todos los que la vivieron.

Venía con un grupo de holandeses desde ascensor Polanco. Ya era pasada la hora de salida de los escolares en días de septiembre. Atravesamos a la Av. Argentina para esperar el transporte que se demoró en llegar y ya había bastantes estudiantes en la parada. Nos subimos todos. Los míos eran más de 15 pasajeros subiéndose a un micro bus (se llaman micros porque son pequeños) que ya estaba bastante lleno. Todos apretujados adentro, acomodados lo mejor que podíamos, repartidos, apretados y encogidos.

Los buses que circulan en Valparaíso están diseñados para un promedio de altura que corresponde al chileno, es decir, un metro y setenta de altura. Los holandeses tienen un promedio de un metro y noventa centímetros de altura. Viajan literalmente agachados. Todo esto para ellos no es gran problema, ni el bus repleto, ni su altura, ni que deben moverse constantemente para atrás, estar piel con piel entre ellos y los locales y para dar más posibilidad a que el bus tenga aún más pasajeros. Para los extranjeros todo esto conforma una gran aventura. Es América del Sur y ellos están en medio de este continente y su cultura mágica.

Estábamos en medio de todo este apretuje y los locales, que aún no se acostumbran a tanto gringo junto, estaban pendientes de las reacciones. El conductor lucía como el típico chofer de buses de Valparaíso; en manga de camisas, sudoroso por el calor, moreno, un hombre rudo. De pronto y al percatarse que tenía una hermosa holandesa tan cerca, muy seguro de sí mismo y con una soltura impresionante, mientras conducía le dijo:

.- Where are you from??

Ella, medio sorprendida, respondió

.- I’m from Amsterdam

Chofer: Really??? I know Amsterdam and also Rotterdam. I’ve been there many times....

Todo el mundo en el bus se sorprendió. Holandeses y en especial los chilenos: Un Chofer de micro que habla inglés???

Aunque el impacto fue total, no es nada de extraño en Valparaíso, que es un puerto y en donde muchos han sido marinos mercantes que han recorrido varios países y puertos en el mundo. Suelen hablar Inglés, italiano, griego y hasta un poco de ruso.

Inmediatamente los chilenos comenzaron las tallas y bromas al respecto; “Cacha loco, el chofer pah pulento, habla inglés”. Quién quiere practicar “lenguas” conmigo???...

Los holandeses también comenzaron a hacer sus bromas entre ellos. Todo el recorrido transcurrió entre chistes en distintos idiomas, todos se reían, Unos se daban cuenta que los otros hacían bromas y eso los alentaba a seguir y el efecto pasaba a también a la inversa.

Cuando nos bajamos en el paradero de Av. Alemania más próximo a La Sebastiana, todo el bus se comenzó a despedir de mis pasajeros; Bye, bye. Señas de adiós y buena suerte tras las ventanas del bus. Mientras que los holandeses replicaban desde abajo haciendo señas, despidiéndose de sus amigos chilenos; Chao, chao.

Fue una tremenda experiencia para ellos, lo comentaron a lo largo del día. Tuvieron un feed back, una retroalimentación, una respuesta amigable, se sintieron parte, no solo visitantes, no turistas, sino que habitantes, distintos y al final similares.

Para mí, fue una experiencia surrealista. Todos se rieron y lo pasaron muy bien, todos hicieron bromas y chistes y, en realidad nadie entendió nada de lo que se dijeron…

…o entendieron???

Leo Silva

lunes, 27 de julio de 2009

Temporal

¿Hace cuánto que no tenemos un buen temporal??

Quiero decir, uno de aquellos con norte claro y sur oscuro, con el viento soplando, primero suave desde el norte, cubriendo de olor a mar toda la ciudad, para después desatarse en tormenta, en especial de noche, con truenos y relámpagos. Lluvia interminable que duraba semanas, tormenta que se detenía para después continuar con mayor ferocidad. Volando techos, haciendo crujir vigas, el agua golpeando en las ventanas. Las calles convertidas en ríos y las escaleras en cascadas.

En lo personal, extraño mucho esos temporales infinitos. Recuerdo que la temporada de lluvias comenzaba casi en mayo y se extendía hasta agosto y algunas veces hasta septiembre. Extraño sentir la precariedad de la ciudad sometida a la naturaleza descontrolada de la lluvia. Muchas veces me parecía que la ciudad estaba viva en medio de la tormenta. Era como si Valparaíso despertara de un sueño, era ver la ciudad convertida en un barco que las olas mojaban en su embate incansable, era verla danzar y moverse a merced del viento y la lluvia. Algo de ese puerto viejo, marinero, piratesco, despertaba en esos días de temporal.

De niño tenía un ritual cuando podía sentir los indicios de la tormenta. Como todo habitante de la ciudad, el olor a mar, las tonalidades del cielo, aquella sensación en la piel, la temperatura indecisa entre frío y tibieza, el sonido del tren más cerca que lo común, pues el viento desde el mar acerca los sonidos de la ciudad a los cerros, todos aquellos signos evidentes que aprendemos a traducir y a comprender; el temporal se acercaba inevitablemente. Corría entonces a buscar un libro: Moby Dick de Herman Melville. No era mío, era de mi hermano mayor, sin embargo le sacaba este libro viejo de páginas amarillas y quebradizas para salir corriendo con él a un cuarto en el alto de mi casa paterna con vista al mar. Una pieza solitaria sin conexión interior con la casa, sometida absolutamente al viento. Estar ahí era estar en el medio del temporal. No solo sentirlo y vivirlo, sino que hacerse parte de esta fiesta de viento y lluvia.

El cuarto estaba amoblado y tenía un escritorio y una cama. Me tendía en ella y me cubría para leer Moby Dick y tener la banda de sonido perfecta para su aventura: El viento y la lluvia.

Alucinaba, sencillamente alucinaba, en especial cuando leía las líneas sobre Ahab, el capitán del Pequod que soñaba con vengarse de Moby Dick, en uno de sus viajes había escupido en el cáliz de una iglesia en Valparaíso. Wow!!! pensaba, y yo estoy aquí mismo.

Me encantaba detener la lectura calculando el momento cuando los barcos cargueros saldrían a capear el temporal mar afuera. Era en ese momento cuando podía calcular el tamaño de las olas en comparación con los grandes barcos que salían metiendo su proa en el mar, sumergiéndola para sacarla nuevamente entre la espuma blanca. Me dormía arrullado por el sonido de la lluvia y del viento con aquel libro entre los brazos.

De noche, el temporal podía darte aun más una sorpresa trágica si despertabas en medio de la tormenta sintiendo la sirena de algún barco. Podías suponer que alguno de ellos estaba en problemas en medio del mar y que los remolcadores de seguro lo estarían empujando o tirando, tratando de evitar lo inevitable. Que el mar lo sacara cual cajita de fósforos a la playa, o lo montara en alguna roca encallándolo. El Naguilán, el Algarrobo, la barcaza Águila, el Rostro, el Río Rapel o el último de ellos, El Avon, serían algunos de los que terminaron en el sector de muelle Barón o caleta Portales.

Cómo extraño un buen temporal en Valparaíso. Correr por las calles saltando el agua convertida en río en las calles en bajada, llegar a un mirador o a la playa y abrir los brazos para ser abrazado por el viento, la costanera y jugar a arrancarse de las olas que golpeaban la orilla en una explosión blanca de agua y sal, estar en medio de esa aventura cinematográfica, emocionante, real y terriblemente trágica.

Cómo extraño una buena tormenta en Valparaíso. Quiero zozobrar, naufragar en medio de viento y mar.

Leo Silva

domingo, 12 de julio de 2009

Contrapunto


A la hora de viajar, no soy un pasajero que contrate muchos servicios de turismo. Aunque eventualmente lo hago para ver cómo se afronta la actividad turística en otros lugares, en especial City Tours. Mi manera ideal de visitar un lugar incluye muchos mapas, información del transporte público, líneas de metro o la mejor experiencia que el lugar pueda ofrecerme, y eso significa para mí la mayor posibilidad de encuentro con la identidad del lugar.

Experiencia es la palabra y es el concepto más importante que un sitio y alguna actividad relacionada nos pueda brindar. Es más que estar en un hotel sentado en la piscina y bebiendo un trago. Justamente todo está sucediendo afuera. Las ciudades y lugares tienen su vida, sus rincones, su propia cultura local digna de conocer.

“…Yo quiero beber algo en el bar al cual tú vas”, me dijo una vez un pasajero en uno de mis circuitos. Él tenía muy claro que ésa era la manera ideal para experimentar el verdadero sabor del lugar y sus experiencias más tradicionales, aquella que le haría decir, yo estuve ahí, yo fui parte, yo lo viví.

En el caso de las ciudades, experimentar el transporte público es una de estas grandes aventuras, en especial por la sensación de perderse, de no saber muy bien si se llegará a destino, y porque en el trayecto, se está piel con piel con la gente local. Se puede oír sus conversaciones, su particular acento y sus expresiones cotidianas. Y si este transporte público es inusual, extraño, frágil y además se va adentrando en intrincados callejones o simplemente sube y baja, entrometiéndose entre ventanas y balcones y la intimidad expuesta de la ropa colgando, se transforma inmediatamente en una gran experiencia a vivir.

Aunque los porteños creen que sus ascensores son únicos en el mundo o que no tienen su símil en otros lugares, se equivocan grandemente. Es evidente que son únicos en su forma, sin embargo hay varias ciudades en donde existen similares. También hay ciudades que muy de cerca se asemejan a Valparaíso. Por supuesto estos lugares y sus ascensores se convierten en eventos para vivir y registrar.

Lo invito a que vea el siguiente video.

Recuerdo que una vez le mostré este video a un amigo y me preguntó, qué parte de Valparaíso era ésa que no la conocía.

Impresionante esos elevadores funiculares de Lisboa que son tripulados pero que, sin lugar a dudas, son primos de nuestros ascensores. Si vemos el video de nuevo y lo vamos degustando paso a paso, descubriremos ciertos detalles que no nos son tan ajenos.

Lo primero que salta a la vista es el graffiti o tags con que el ascensor está rayado. No sé a usted, pero para mí le aporta un sentido de realidad tremendo. Es que no quiero visitar lugares en donde todo esté tan limpio, tan preparado, tan aséptico, tan bendito. Quiero visitar lugares con carácter propio. Quizás por lo mismo el metro de Bs. Aires (Subte), me pareció tan interesante. Muy urbano, muy usado, vivo.

Me encanta el detalle de la conductora del ascensor. Recuerdo inmediatamente que tenemos varias conductoras en nuestros trolleybuses y no puedo evitar hacer el paralelo de su recorrido y esta especie de fusión con un ascensor que da como resultado este “elevador lusitano”.

Lo otro es la calle o subida. ¿Almirante Montt???, ¿Cumming???, ¿Subida Ecuador???. Tan similar, las mismas casas, edificios, las barandas de contención a la izquierda construidas con rieles, la gente subiendo a paso cansino mientras los elevadores se cruzan en la calle por centímetros sumando, a esto que también toman curvas, pareciera que casi se van encima de las personas que caminan. Cuando la cámara gira, abajo, se puede ver un lugar que recuerda mucho a Plaza Aníbal Pinto.

Por favor, ponga play en el siguiente video.


El ascensor Florida que sube y baja entremedio de las plantas, escaleras, mientras se revela la ciudad abajo. Muy interesante la toma, cuando en medio de un pasaje, entre las casas, se puede ver pasar al ascensor subiendo. La llegada arriba en la fragilidad de las latas a la derecha y los palafitos sosteniendo las casas en la orilla. La impresionante bajada a la ciudad, escaleras a la izquierda y el otro ascensor que se viene de abajo. Un puentecito que cruza sobre el viaje mientras el carro suena completo y cuesta sostener la filmación. Al pozo abajo hasta que la señora abra la puerta.

Sin duda alguna el contrapunto se hace muy interesante.

Lo invito ahora a un recorrido mágico poniendo play al siguiente video.


Las calles empedradas con rieles y las curvas imposibles. El conductor da el vuelto mientras se espera a que aparezca el otro tranvía allá al fondo sorpresivamente desde la izquierda. Hay que esperar porque la doble línea se transforma en una sola. La callecita a la derecha y la punta en “Crucero” de la esquina. Los peatones hacen el quite y se ponen a resguardo de la pasada del vehículo en el callejón. Autos estacionados y la ropa tendida en los balcones.

Genial video de un tranvía en Lisboa que nos muestra un barrio que bien podría estar en el cerro Bellavista de Valparaíso. Podemos apreciar ahí los mismos detalles que aportan el carácter de la ciudad, los mismos guiños a nuestra cultura laberíntica.

Sigamos con el contrapunto viendo el siguiente video


Encajonada subida entre las calaminas y las ventanas mientras se deja abajo un par de puertecitas y la ciudad comienza a aparecer. La sonajera de las latas del ascensor, la avenida con los autos estacionados arriba. La gran vista de la ciudad y el mar finalmente.

Son tres funiculares en Lisboa y un ascensor, el Santa Justa. Además de una red de tranvías.

En Valparaíso son 14 funiculares y un ascensor, El Polanco, tan diferente a su hermano de Lisboa, pues allá no hay un túnel de acceso y en el de acá no se llega a una cafetería.

De los ascensores porteños tenemos varios con problemas y detenidos casi a perpetuidad. Los otros en su mayoría se debaten funcionando sólo en los horarios de mayor movimiento y cerrando el resto del día y los fines de semana. Justamente los dos ascensores de Valparaíso que aparecen en estos videos, abren algunas horas al día. Son sólo unos pocos los que funcionan con horario continuado y los que se han reacondicionado para la actividad turística. Sin embargo, el viajero que llega a Valparaíso busca los funiculares más escondidos, los más reales, aquellos en donde no pueda ver a otros turistas y en donde sienta que penetró a un lugar absolutamente local, un lugar que descubrió por si solo o con alguien que acertadamente se lo mostró.

Es una gran suerte contar con nuestros ascensores y sería un gran acierto trabajar muy duro para ponerlos a todos a funcionar a la brevedad. Deberían ser la prioridad para sus administradores y que cada vez que alguno de ellos presente algún problema, inmediatamente deberían existir cuadrillas de técnicos reparándolos.

Son, por sí solos, un tremendo atractivo turístico. Podrían ser elevados a símbolos de la ciudad. Se debería potenciar aun más en el marketing de Valparaíso como un enganche persuasivo.

Al igual que Lisboa, Valparaíso es una ciudad con carácter, con encanto, no para el turista, sino para el viajero que quiere empaparse de una cultura diferente. Aquel viajero que va con su handbook en la mano, con su Lonely Planet en la mochila, muchos mapas en los bolsillos y el deseo de vivir su experiencia y decir…

… yo estuve ahí.

Leo Silva.

sábado, 27 de junio de 2009

El Bendito Maldito Mall


De entrada una revelación que puede que sorprenda a más de uno.

Yo, Leo Silva, porteño a ultranza, no estoy del todo en contra del Mall de Puerto Barón.

Si no se ha caído el cielo o si la sorpresa de esta afirmación no lo ha llevado a una condena rápida (en Valpo. es políticamente correcto estar en contra del Mall), podrá ver las razones del por qué de esta afirmación.

Siempre que se habla de este tema, los argumentos que se levantan en contra tienen relación con el movimiento comercial de Valparaíso y lo mal que le haría a su pequeño comercio contar con tan tremendo competidor. Un Mall lleno de tiendas y de ofertas, un gran centro comercial. Sin embargo, este argumento siempre me parece insuficiente, pues desconoce el real movimiento comercial que la ciudad posee hoy día.

A pasos de donde se encontraría el proyecto Puerto Barón, en el mismísimo nudo Barón, en un búnker color amarillo, se encuentra el supermercado Jumbo Easy, Almacenes París y tiendas La Polar. Esto significa que en un solo lugar tenemos dos tiendas por departamentos dirigidas a dos segmentos distintos, un supermercado y una mega ferretería. Justo al lado, en lo que antes era el lugar que ocupaba el mercado persa, se está construyendo un edificio que considera una loza con una galería comercial… otra más!!!!

Si un Mall o Shoping Center es un centro comercial que reúne varias tiendas de distinto tipo en un solo lugar… Por favor!!! Si no tenemos ya un Mall en ese sector, que alguien me diga qué es entonces.

Y no es el único lugar en donde se encuentran tiendas que ofrecen ofertas y donde puedes pagar con crédito. El área de Plaza Victoria tiene dos tiendas por departamentos, Ripley y Falabella, sin contar con una gran cantidad de supermercados y farmacias que hoy día brindan una oferta variada también. Entonces, que no se diga que el mall vendrá a desbancar al comercio local, pues desde hace mucho que existe mercado suficiente al que se debe culpar por este hecho. El Mall solo se viene a sumar a este fenómeno.

¿Y el comercio local? No lo veo saludable, pero lo veo activo. La calle Victoria y Pedro Montt, paulatinamente se han ido posicionando como un sector de tiendas de ropa juvenil. Una especie de fashion barato, al alcance de la mano y de cualquier bolsillo. Algunas veces puedes encontrar ahí bastantes prendas de moda y a buen precio, mientras en Viña del Mar, en calle Valparaíso, las tiendas tienen una o dos de esas prendas, bastante más caras, sobre el pretexto que son exclusivas.

Y existe el otro comercio, el de la picada, que solo los locales conocemos y en donde “dateados” adquirimos lo que en un Mall es muy difícil de encontrar: arrollado de huaso, longanizas de Chillán, embutidos varios, y también sombreros de calidad.

El proyecto de Puerto Barón me parece interesante, pues como proyecto de revitalización de un espacio público se me asemeja mucho a Puerto Madero en Bs. Aires. El mismo fenómeno de un sector del puerto obsoleto por poca profundidad, que quedó abandonado por mucho tiempo y se recuperó transformándolo en un gran paseo público y un sector de desarrollo turístico impresionante. Sólo una cosa tiene ese proyecto que se echa mucho de menos en su símil de Valparaíso. En Puerto Madero se ocuparon los mismos viejos edificios de bodegas y se recuperaron como hoteles y restaurantes. No se construyó ahí un mall cuadrado y de acrílico.


El celo de recuperación en Bs. Aires se puede apreciar en muchos lugares. En especial en el Rosedal, en donde se recuperó todo el parque y sus instalaciones siguiendo la misma línea que tenía anteriormente: maderas trabajadas, glorietas, todo. Aún más, se instalaron letreros de materialidad resistente al clima y a los transeúntes con información sobre esta recuperación. Cuando uno pasea por el sector, también se informa de todo el proceso, y una sensación de respeto por los argentinos y su cultura se instala en el alma.

En este punto es donde tengo mis mayores problemas con el proyecto de Puerto Barón, su arquitectura. A Valparaíso se le está intentando posicionar en el circuito turístico internacional como un destino de interés histórico. Su amalgama de vieja arquitectura y potente identidad es uno de sus más importantes atractivos. Entonces debemos cuidar y debemos ser celosos con este concepto. Justamente porque el futuro del atractivo turístico está en juego.

No hay que confundirse a este respecto. Valparaíso no es Viña del Mar!!!!

Viña del Mar cometió el error de destruir todo su patrimonio convirtiéndose en una ciudad X, un lugar que puedes ver en cualquier parte. Muy interesante para chilenos en busca de una versión de Miami, pero sin ningún atractivo para pasajeros extranjeros. Los europeos constantemente me comentan este hecho.

Ya en Valparaíso, un error enorme se cometió con el edificio de la compañía Gas Valpo, en donde hoy se encuentra el grandioso y horrible búnker amarillo de Jumbo Easy. Se dejó parte de la fachada del edifico original, pero con tan poco gusto que ni siquiera se tomaron la molestia de continuar la línea arquitectónica en el frontis, quedando un extraño y poco sutil adefesio sin armonía alguna.

Crece otro monstruo justamente al lado y ya se puede ver su gigantismo cuadrado, vidrioso, moderno, fuera de línea. Aun más terrible porque amenaza la vista de uno de los miradores más hermosos de la ciudad. el Mirador Diego Portales en Cerro Barón. No podemos detener el progreso, pero tenemos que exigirle a este progreso que haga lo posible por calzar dentro de la estética de la ciudad.

Material de investigación no falta. El barrio del Almendral es un compilado vivo de estilos arquitectónicos que pueden ser citados a la hora de construir algo.

Hay Bauhaus (ver foto)

Art Decco (Ver foto)


Influencias Neoclásicas (Ver foto)

¿Por qué no diseñar un Mall que rinda homenaje a esas líneas arquitectónicas. O un diseño Pastiche que cite y fusione varios de esos estilos?????

Mucha señalética e información. Letreros explicando de dónde se tomó el antecedente para el concepto de todo el edificio. Fotografías mostrando los edificios existentes del mismo estilo y los lugares dónde se encuentran en la ciudad. Eso daría mucho vuelo turístico y cultural a la ciudad. Los extranjeros valoran mucho la información, están interesados en todo lo que es cultura y sobre todo en protección patrimonial. Si alguien piensa que vienen a la playa, está muy equivocado. Si quieren palmeras y playas se van al Caribe.

Uno de los edificios de Valparaíso que despierta curiosidad y discusión al respecto es el de la Compañía Sudamericana de Vapores, ex Naviera Grace. A algunos les encanta, otros lo odian; sin embargo existe el consenso de que existió una intención y eso ya es bien evaluado.


Otra de las discusiones bizantinas es el tema del Falso Historicismo. A razón, existen personas que dicen que hacer lo que propongo sería una falsedad porque ese emplazamiento no existió antes en el lugar y por ese motivo no tendría un correlato histórico. El ejemplo citado sería el Hotel restaurante Brighton de cerro Concepción, que no es una casa vieja sin embargo fue diseñada siguiendo el parámetro victoriano del cerro. El lugar lo tomó de la mano y su estilo se asumió inmediatamente como parte del paisaje, pero originalmente no estaba ahí.

Esta línea de pensamiento, anti falso historicismo, dice que se deberían construir edificios de arquitectura de avanzada, que tomen elementos que rindan un homenaje a la materialidad y concepto de la ciudad.

Un ejemplo de esto a mi parecer es el edificio del Instituto de Educación Superior Duoc. (Ver Foto)


Hay un guiño a la calamina suelta y oxidada. Diferentes planos que sugieren la fragilidad porteña, en especial en el uso de las maderas arriba. Diversos quiebres de ritmo que evocan el típico efecto de los distintos planos que se aprecia en toda la ciudad. Un total que asemeja un gran barco varado.


Interesante solución. Solo un pequeño problema. En mi caso yo tengo estudios de Diseño Gráfico y por mi formación puedo “leer” el edificio. Pero para el común porteño o visitante con ojo no entrenado no pasa de un edificio moderno en un área donde hay rica arquitectura de comienzos de siglo XX, como el palacio Polanco. ¿Queremos una ciudad que sólo puedan apreciar arquitectos??


Sin duda alguna el tema es apasionante. Solo que mientras lo discutimos al calor de una copa de vino o un café, los proyectos se siguen parando, cuadrados y brillantes, aluminio y acrílico.

No estoy contra del Mall, sin embargo creo que tendré que soportar en ese lugar otro adefesio cuadrado, otro espejito Kitsch.

Leo Silva.

martes, 9 de junio de 2009

La Estética De La Ruina


¿Cuantos de nosotros vivimos en los tiempos de gloria de Valparaíso?

Me refiero a comienzos de siglo XX

Imposible la respuesta a la pregunta. Entonces mejorémosla.

¿Cuantos parientes muy viejos tenemos que vivieron en esa época???

Si alguien tiene a uno todavía consigo, de seguro que debería sentirse tremendamente orgulloso de tal longevidad.

¿Cual es el punto?

Que ninguno de nosotros vivió o vio ese Valparaíso opulento, hermoso de hierro forjado, del barrio del Almendral como el barrio más hermoso y caro de Valparaíso; de ingleses, alemanes, italianos, franceses, entre otros, caminando y forjando el comienzo del comercio, los cuerpos de bomberos y todo aquello que distingue al Viejo Valparaíso y su época clásica de oro o la que estamos acostumbrados a citar, o la que hemos aprendido o recogido de las fotos antiguas o de las crónicas pasadas.

Nosotros, todos nosotros crecimos y nos familiarizamos con un Valparaíso derruido, destruido, cayéndose a pedazos, oxidado, dejado de lado. La larga época en que Valparaíso durmió el letargo de ser un puerto olvidado del pacifico sur.

Recuerdo la década del 70 y la Av. Argentina con un hospital Enrique Deformes (donde hoy está el edificio del Congreso Nacional) terriblemente ruinoso, cayéndose a pedazos, con mendigos durmiendo en su entrada principal. Toda la zona era un antro de vagabundos y borrachos entre medio de viejos edificios, viejos galpones, viejos cites, etc. Al otro lado de la ciudad lo mismo, con un barrio puerto en la decadencia plena. El sector de Av. España con todo el área de la Casa de Máquinas de Ferrocarriles del Estado que quedó abandonada con trenes, vagones, máquinas de todo tipo, todo detenido, todo suspendido, todo muriéndose, todo descascarándose. El sector de Caleta Portales y un viejo proyecto de “vía elevada” que quedó olvidado y que hoy es el paseo Wheelwright.

Decadencia y sordidez. No se me olvida que crecí en ese Valparaíso que así y todo era terriblemente atractivo. No es el mismo Valparaíso de hoy que ya luce bastante más alegre, más vivo, pintado, los colores volvieron, la ciudad de una u otra forma vive de nuevo.

Valparaíso siempre fue de la misma manera. Ya los cronistas antiguos comentaban sobre la precariedad de la vida en los cerros y algunos decían que no entendían cómo se podía llamar a esto el “Valle del Paraíso”. El último momento definitivo, el último golpe de gracia fue sin duda alguna la apertura del Canal de Panamá. Ahí fue cuando Valparaíso sencillamente pasó a ser olvidado y nos detuvimos en el tiempo y la ruina se instaló de ciudadana de la ciudad.

Mucho de esa sordidez, de esa ruina se quedó para siempre en el sentido estético del habitante de la ciudad, algo de ese desgano, de ese reciclaje, solo utilizar un viejo tarro y ponerle unas plantas adentro, cortar unas botellas y ponerle unos pescaditos, recuperar unas cajas y unas cabezas de muñeca y el armatoste o encatrado ya está listo.

En gran parte, mucha de la esencia visual de Valparaíso se encuentra justamente en esta Estética de la Ruina. Es muy difícil decirle a alguien aquí, qué es bonito o hermoso y qué no. De todas maneras, el concepto de belleza es muy difícil de definir. Sin embargo, si la belleza es tan particular, mientras se encuentre dentro de un todo y sea parte de ese todo, se encuentre integrada y traduzca además el concepto total, podríamos decir que estamos dentro de un sentido estético o de una percepción estética. Eso, Valparaíso lo cumple a cabalidad.

En este todo amontonado se pueden ver cosas como: casas decoradas con cajas y basura, letreros hechos de fragmentos de catre con cosas colgando, balcones imposibles y decorados alegremente con plantas dentro de pedazos de tambores cortados, trozos de calefonts que sirven de maceteros, juguetes viejos dispuestos alegres y divertidos, paredes surrealistas que desafían el ojo pues se van inclinando, calaminas que continúan viejas arquitecturas, etc.

El sentido de solución de problemas típicamente chileno, llamado “A la Chilena” es un complemento directo de este sentido de la Estética de la Ruina. Se puede apreciar muy bien en los mecanismos de las puertas de los ascensores de Valparaíso. Puertas automáticas hechas con fierros que mueven palancas que activan la puerta. Todo controlado desde la cabina del operador. No importa si se ve mal, si luce imperfecto, si no es del todo bello. Sin embargo funciona a la perfección por años y años.

Quizás por este motivo es que los habitantes de la ciudad somos tan apasionados por las ferias de las pulgas y tiendas o feria de antigüedades. Tenemos una cierta fascinación por lo viejo, por conservar, por amarrar el tiempo y no querer que se escape, por reciclar, por buscar una utilidad extra, una nueva función, revitalizar o simplemente adornar. Viejas patentes de seguros se convierten en unos cuadros preciosos, mapas viejos (se agotan rápidamente) decoran paredes. Las personas y uno mismo buscando con ojo curioso y experto, olfateando el lugar hasta encontrar ese tesorito, ese detallito que se sumará a nuestro propio montón, hermoso o no, de estética ruinosa.

La precariedad y fragilidad de todo va construyendo este andamiaje endeble que es Valparaíso, da la sensación que sacarás un palito y todo se vendrá abajo irremediablemente. Por suerte, la ciudad no tiene su talón de Aquiles. Varios terremotos en su piel y ahí está, nuevamente construida, nuevamente parchada, otra vez apuntalada, ruina sobre ruina…

…su estética y su esencia.

Leo Silva.

martes, 26 de mayo de 2009

La Feria de la Av. Argentina


¿Por qué me interesa tanto la Feria de la Av. Argentina?

Cuando comencé con mis circuitos turísticos solía pasar por el lado de la feria, sentado en la comodidad de un trolleybus que nos servía de enlace entre los ascensores Barón y Lecheros y el Polanco. Era muy bueno y, aunque el trayecto era cortísimo, me hacía sentir muy bien pues ayudaba con bastantes pasajes a la delicada situación de los trolleybuses porteños.

Todas las veces que hicimos eso, algún pasajero me pedía que nos bajáramos y recorriéramos la feria, (tengo muchos grupos en día miércoles). La verdad, caí en el juego de la paranoia (léase mi anterior post) y rechazaba la idea por considerarla peligrosa para la integridad de mis pasajeros.

Un día me decidí a romper la cápsula del terror y con un grupo de 15 pasajeros europeos entramos en la feria. El resultado de la experiencia no podría haber sido mejor y desde ese día es un imperdible en los circuitos que hago para esa compañía.

Para los extranjeros, en especial los europeos, en la medida que se van sumergiendo en Latinoamérica, sus mercados y ferias, se van convirtiendo en más y más exóticos y más interesantes y dignos de visitar. Y la feria de la Av. Argentina no se escapa a esta percepción europea, foránea o gringa, como quieran llamarlo.
Las frutas, los colores, los olores, las verduras y sus valores. Cómo tan barato!!!! Y tan fresco!!!!!

Al comienzo los feriantes locales miraban extrañados a este guía loco y sus gringos caminando por la feria. Con el tiempo se han ido habituando a esta pasada, que no deja mucho dinero pero resulta refrescante. La talla chilena: Llegó la familia Miranda!!!, porque miran y no compran nada. Llegaron los gringos!!!, mijita, no se quiere llevar a este chileno!!!??, Llegaron mis primos que me vienen a ver desde afuera!!!

Se produce un choque cultural amigable y de tan solo unos minutos. En especial cuando es temporada de pepinos y de chirimoyas. Siempre compran algunas de esas frutas y se les ofrece un cuchillo para que las pelen; se las comen en el mismo lugar. Se produce el contacto, la gente saluda y habla con ellos, se vive la experiencia de estar piel con piel con la gente local. La musicalidad especial de los feriantes gritando sus productos, la forma en que lucen, las señoras ofreciendo la mejor lechuga, las enormes papas y los zapallos se transforman en estrellas de las fotografías por su gran tamaño.

¿¿Y la comentada delincuencia??

Nada de nada. Solo una vez hemos tenido que tomar reservas cuando dos sospechosos se metieron dentro del grupo que caminaba. Y no fue en la feria sino que mucho antes, en el sector de La Universidad Católica. Lo curioso del hecho es que fue la misma gente del lugar que dio aviso. Una camioneta se paró al lado del grupo, una persona que jamás había visto: Flaco, cuidado que tenís dos lanzas en el grupo. Fue solo ese hecho para que tomáramos cuidado y desviáramos el camino. Después, y llegando a la feria, se me acercó carabineros y me comentó que habían detenido a dos tipos que estaban siguiendo al grupo y pidió que tuviésemos cuidado con nuestras cosas. ¿Quién les aviso a ellos? La propia gente.

Solo este caso en muchas pasadas, de años por la Feria.

¿La impresión del grupo ante este hecho? La mejor. Sorprendidos por la solidaridad ciudadana, te hacen el inmediato comentario que en sus países a nadie le importa, que es absolutamente normal y que si se compara con ciudad de México esto es un remanso de paz. No Problem Man!!

Es cierto que la visita al lugar con mis gringos no deja una gran entrada monetaria para los feriantes que desean llenar sus arcas y hacer un gran negocio. Eso no pasará todavía porque solo vienen en tránsito y tienen un largo viaje por delante. Sin lugar a dudas el beneficio no va por ahí.

El beneficio va por el lado de la validación del lugar cómo el lugar es. Digamos que la ciudad aún posee una baja autoestima. Para la gente común, esto del Valparaíso mágico y de poesía es algo que no alcanza a apreciar desde su cotidiano. Se dice que lo tiene incorporado, pero no es así.

Para que Valparaíso se vaya levantando, la propia gente necesita saber que vive en un lugar especial y que hace cosas que son especiales para otras culturas. Debe sentirse querida y respetada en su propia realidad, en su propia actividad y en su propio lugar. Debe sentirse validada en su propia autenticidad e identidad.

Muchas veces vemos que se planifican lugares, edificios, actividades, pensando en los turistas. Sin embargo, lo que los turistas quieren es ver la ciudad como la ciudad es. Su propia identidad, sus lugares más típicos y no están hablando de un lugar con artesanía. Ellos, los pasajeros foráneos, perciben inmediatamente cuando algo de lo que se les muestra es preparado, plástico, una escenografía.

Los lugares están ahí y los atractivos son muy simples pero no por eso menores. Es necesario quererlos y, en este caso, también significa querernos nosotros. No querer transformar a Valparaíso o sus lugares auténticamente tradicionales en otra cosa que no somos. No estoy diciendo que no se mejoren algunos lugares, que no se potencien, que no se desarrollen. Pero una cosa muy distinta es querer que todo sea Cancún o Salvador de Bahía.

Es muy simple. No seríamos nosotros, sería otro Valparaíso, otra cosa y nuestra identidad continuaría siendo dejada a un costado, escondida, casi con vergüenza de tenerla.

Yo prefiero mi lugar, mi feria de la Av. Argentina y por sobre todo…

… mi gente.

Leo Silva

lunes, 11 de mayo de 2009

Paranoia




.- Noooo!!!!!!

Usted está mal, como se le ocurre!!!!

No ve que no puede andar por aquí. No ve que es peligrosa esta zona y está poniendo en peligro a sus turistas!!!!!

.- Oficial, le dije yo. No se preocupe, soy de la zona y conozco este lugar muy bien, llevo 8 años trayendo extranjeros aquí y nunca ha pasado nada.

El diálogo ocurrió con un carabinero que se asomó desde la patrulla en estado de pánico.

¿El lugar?

Calle Eusebio Lillo con Pedro Montt, desde ascensor Larraín, justo antes de llegar a la Av. Argentina.

Una amiga norteamericana que estaba pasando sus días en un intercambio estudiantil en Viña del Mar me comentaba que sus padres chilenos la habían traído a Valparaíso a la típica ojeada desde el mirador 21 de Mayo y después habían arrancado con pavor desde el lugar. Ella no entendía nada y la ciudad le parecía fascinante. Después le habrían comentado que, ni por nada del mundo, caminase sola tratando de encontrar los cafecitos que ella quería conocer.

“Los conserjes y botones del hotel me dijeron que no hiciera ni tal de ir a Valparaíso”. Comentario común de turistas cuando han manifestado en hoteles de Viña del Mar su deseo de conocer la ciudad.

Muchas veces los operarios del ascensor Polanco me han comentado que, casi todos, los turistas que se aventuran en una caminata por el lugar, regresan asaltados y muertos de miedo. Me dicen: al parecer, el único que tiene pasada libre por este lugar eres tú. Deben percibir que eres porteño.

Interesante comentario pero, aunque me halaga este supuesto reconocimiento, me niego a creerlo, pues he caminado muchas veces el lugar solo y he visto como algunos turistas bajan el lugar sin ningún tipo de problemas.

Desde que comencé en mi actividad como guía de turismo, uno de mis más grandes deseos y que he llevado a cabo sin ningún problema, es el de incluir lugares en mis circuitos que no son usualmente visitados por otras compañías, no solamente por afán diferenciador, sino que por la profunda convicción de que Valparaíso es hermoso en su belleza patrimonial cuidada y en sus barrios reales y a veces un tanto sórdidos. Si no se experimenta la vida amontonada y los callejones en estado original, difícilmente se alcanza a entender el concepto de ciudad que Valparaíso es.

En mis circuitos se camina y se usa el transporte público y mis grupos más grandes han sido de hasta 28 pasajeros europeos. Siempre considero el Mirador Barón, antiguamente también el ascensor Los Lecheros (cómo extraño ese ascensor), bajábamos por Victoria Cueto, un pasajito pequeño que pasa dos veces por debajo las líneas del ascensor, donde los pasajeros tomaban fotos impresionantes.

Vamos desde lo más real hasta lo más turístico y hoy día la visita es al ascensor Larraín. Un hermoso lugar de identidad y de sabores y olores típicamente porteños.

Pero, ¿cuál es la llave para recorrer estos lugares sin que nada te pase?, ¿Por qué debería pasar algo malo si son solo vecindarios de gente modesta y amable?, o ¿es que hay un velado clasismo en pensar que porque son sectores humildes debería pasar algo malo?

¿El salvo conducto? Es muy simple. Solo salude a las personas cuando pase por sus lugares, inclúyalas con algún comentario, no invada, pase y haga saberles que les importa y que sus turistas están interesados. Claro está que para hacer esto usted debe estar sintonizado con el lugar y no tener prejuicios. Si los tiene, no lo haga, será descubierto arrugando la nariz, mirando para otro lado, desviando la mirada cuando se la busquen, queriendo escapar. Ahí irá todo mal con usted. Como una especie de lección, el lugar se le puede volver en contra y buscará hacérselo saber.

Valparaíso es un puerto y como buen puerto tiene su mitología y su fama de bravo. Casi no hay puerto en el mundo que no la tenga. Marsella en Francia también la tiene y no me diga nada de Atenas, que es realmente peligroso. Valparaíso es una ciudad real y como tal, hay que andar con cuidado; sin embargo, si se la compara con otros lugares, nuestra ciudad es un remanso de paz y tranquilidad.

No estoy diciendo que no tengamos problemas de delincuencia, pero hay que conservar las proporciones y no dejar que el pánico cunda. Los habitantes de Valparaíso también viven en esta paranoia constante. Este lugar es muy peligroso. Nooooo!!!! Por ahí no se meta que lo van a asaltar.

Según mis pasajeros, todos ellos muy cosmopolitas, esta ciudad es tremendamente amigable, caminable, visitable, amable, un agrado de clima, lugares, identidad y la gran aventura por descubrir. Claro está que se necesita un buen guía para poder llegar a sus lugares más característicos.

La mala publicidad es un factor importante. No solo del boca a boca, sino también de los medios de comunicación. Uno de los hitos que marcaron un gran espanto fue un documental de un canal de televisión de hace dos años atrás, que todavía resuena en las mentes de los chilenos, en especial de los viñamarinos y santiaguinos. En ese documental, se mostraba un Valparaíso nocturno en estado de guerra; peleas callejeras, asaltos, borrachos, lo peor. Sin embargo, el documental tomó meses de filmación y su edición resultó en un programa periodístico de no más de una hora.

Siempre digo que si me dan una cámara y unos meses para filmar de noche, hasta el Vaticano lucirá como el peor lugar del mundo, si hacemos una edición de una hora destacando lo peor del lugar.

Hay que guardar ciertas perspectivas y evitar la paranoia que tan mal le hace a la ciudad, es un asunto de actitud, de quererse, de buscar sanidad mental.

Como un dato para finalizar, de todos mis pasajeros que pasan unos días en Viña del Mar, hay un gran porcentaje que ya viene robado. ¿¿Donde??, justamente en Viña del Mar, en sus playas, en sus bares, en sus pubs.

Por favor!!! No se vaya a decir que Viña del Mar es un lugar peligroso. No lo es y tampoco lo es Valparaíso.

Leo Silva
_____________________________________________________